Charles Chaplin, uno de los más grandes de la historia del cine. Su primer largo, El chico (The Kid, 1921), sigue siendo una película atemporal, que puede suceder en cualquier parte y en cualquier época. Una película que explora la bondad y la maldad desde la carcajada y la lágrima.
El chico ofrece mucho más que un sencillo cuadro de familias desunidas que se juntan en un idílico final. Sus sutilezas son equiparables a la maestría de Chaplin delante y detrás de la cámara.
La composición de algunas escenas es sencillamente un bárbaro ejemplo de su dominio del lenguaje que daría posteriormente tantas obras maestras (sobran las citas). Justamente, dos de estas escenas, merecen un análisis a parte para encadenar el devenir de los acontecimientos con el sueño final del vagabundo.
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